viernes, 9 de noviembre de 2007

La importancia de un hombre normal: Blas Infante para ignorantes

Autor: Manuel Ruiz.

Centro de Estudios Históricos de Andalucía





A Infante no hace falta que lo proteja nadie. Se defiende sólo. Aquí lo preocupante es que políticos en ejercicio, alguno europeo, utilicen la palabra “subnormal” con desprecio, o cuestionen un Estatuto de Autonomía reformado como Ley básica en vigor. Que nos llamen cretinos a todos los que nunca alcanzaremos un escaño. Incluso, porque los primeros denigrados de esa altanería y falsa suficiencia son, en primer lugar, sus propios compañeros de partido en esta tierra.


Por extensión deberíamos poner cara de “bobos” los habitantes de una ciudad como Sevilla que nombró por unanimidad Hijo Adoptivo a Infante en el 2005. Quizás los andaluces seamos los “más tonto de Europa” porque le nominamos como Padre de la Patria desde el Parlamento de Andalucía en abril de 1983, incluso, más recientemente, la Cámara volvió, en noviembre del 2004, a llamarle Presidente de honor de nuestra autonomía. Y qué deberíamos de pensar cuando a esos honores también se une en el 2002, idéntico reconocimiento por parte del Congreso de los Diputados.


Siempre la ignorancia fue atrevida, y resulta todo un honor la vana osadía si procede de quienes están fuera de parámetros constitucionales. Sabiendo como piensan, revalorizan al personaje y subrayan el tributo de los andaluces (Aunque cabe decir también que, las informaciones que fluyen por la red sobre el notario Coria son contradictorias y la Fundación que lleva su nombre algo debería de hacer). Y para ilustrase, ahí queda un amplio panorama con alrededor de un millar de referencias bibliográficas científicas que avalan el eco de su vida, obra y pensamiento (su “payasada” y la de su “pandilla”). Pero no nos precipitemos por frivolidad. Detrás de las virtudes y defectos de una persona de a pie, se esconde cuanto menos alguien digno de conocer y respetar: Como debe serlo todo aquel que muere por sus ideas y le condenan a muerte cuatro años después, aunque, despreciando su herencia, no falta quienes le rematan cuando pueden.

Su opción personal, profesional y pública por los más desheredados de esta tierra –jornaleros-; su apuesta por un autogobierno andaluz pleno (tres poderes clásicos); su renuncia a la vía electoral y articulación de su Ideal Andaluz mediante un partido político; su romanticismo en cuanto no buscaba fieles o meros votantes, sino andaluces de conciencia,… le separan activamente de todo proyecto político convencional. De toda práctica política a la que algunos conciben como una profesión. Objetor, si cabe, al cómodo estatus notarial que conquistó por méritos propios desde sus 22 años.


Infante, desde su convencida necesidad de un modelo cooperativo para el Estado abogó por una nueva percepción de Andalucía. Su nacionalismo, es un buen exponente de que el concepto no es necesariamente identificable con secesionismo, ni con un Estado propio. Aspira a la construcción de un pueblo sobre la base de la reivindicación de un concepto de soberanía compartida, y de un autogobierno inmerso en un profundo sentido del regeneracionismo que nunca abandona a través de una herramienta política: la autonomía.


Más bien, lo que caracteriza su anticipativa visión sobre nacionalismo no es la adopción de un determinado proyecto político, sino una forma peculiar de justificar ese proyecto, de analizar el camino al mismo. Por eso su concepción no es de fronteras, de Estado, o excluyente. Muy al contrario: se presenta como multicultural, humanista, noviolento, solidario, antropocentrista y cívico. Pero sobre todo, esa propuesta para Andalucía, también deseada para otros pueblos del Estado, parte de un nuevo concepto de patriotismo inserto en una España plural en lo cultural, lingüístico y político, lejos de esa visión rancia y añeja a la que muchos, aún hoy, quieren vincularse.


Ahora que necesitamos superar los vicios y perfeccionar las reglas de convivencia, Infante significa un referente para la moralización de la vida pública, la organización, la dignidad y la militancia por Andalucía. Lo dicho: se defiende sólo. Un servidor sólo recuerda; porque no hay más imbécil que el que no quiere saber y tiene la lengua más despierta que su sed por aprender.

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